En Bolivia, en Paraguay, en Brasil y también en Argentina los incendios en selvas, montes y humedales vuelven a poner en agenda la necesidad de avanzar con políticas y estrategias urgentes para responder a estos fenómenos, que a causa del calentamiento global serán cada vez más frecuentes y extensos. Aire contaminado, destrucción de la biodiversidad y erosión de los suelos son algunos de los impactos que generan estas prácticas, asociadas sobre todo a la expansión de la frontera agropecuaria.
Esta semana, desde la organización WWF-Paraguay (World Wildlife Foundation) solicitaron al gobierno de ese país la declaración de emergencia nacional en toda la república: «Por tercer año consecutivo, las olas de calor y la contingencia climática, hidrológica y agropecuaria se vuelven a presentar con incendios de gran complejidad afectando a áreas de alto valor de conservación, paisajes productivos y áreas pobladas», advirtieron. En la zona Piecas/Delta del Paraná ya se han registrado unos 6.400 focos de calor en lo que va de 2021, que ya es el segundo peor año en cantidad de quemas desde 2012. A esto hay que sumarle que, según el Instituto Nacional del Agua, la bajante del Paraná aún no llegó a su pico máximo, que se espera para finales de octubre o primeros días de noviembre.

Paraguay y Bolivia, en llamas

Los países vecinos están entre los más afectados por la multiplicación de incendios forestales durante las últimas semanas. Según los datos difundidos desde la WWF/Paraguay, sólo en julio se duplicaron en ese país los focos de calor registrados para ese mes, en comparación con el promedio de los últimos 10 años. Dos frentes masivos de incendios provenientes de Bolivia “han ingresado al igual que en el año 2019 con gran potencia al territorio paraguayo”, afectando el Departamento de Alto Paraguay en la Reserva de Biosfera del Chaco y área de influencia del Área Silvestre Protegida Cerro Chovoreca.

La ciudad boliviana de Santa Cruz, la más grande del país, atravesó esta semana varios días de intenso humo en el cielo a causa de los incendios, que hasta el momento han arrasado con cerca de 600.000 hectáreas en distintos puntos de ese departamento del país andino.

Causas comunes
En toda la región, los incendios están potenciados por la escasa humedad del suelo y la vegetación como consecuencia de una sequía prolongada. “A eso hay que sumarle condiciones adversas como la falta de lluvia y registros históricos de bajantes de ríos en décadas, asociados al fenómeno de La Niña” señalaron desde WWF/Paraguay. A este combo de condiciones naturales se agregan las causas “indiscutiblemente antrópicas”, relacionadas con la utilización del fuego para “limpiar” el territorio o la utilización de prácticas inadecuadas de quema “sin criterios técnicos y en condiciones de riesgo”.

Malos pronósticos
Por ahora, las buenas noticias no llegan en relación a la sequía. Según las últimas actualizaciones de pronóstico de los diferentes organismos internacionales que monitorean el clima, existe una probabilidad de cerca del 70% que el fenómeno de La Niña (menos lluvias) se constituya para el final de la primavera y comienzo del verano en el hemisferio sur. “Sin pronóstico de lluvias importantes, actualmente están en alto riesgo importantes extensiones de áreas protegidas, así como muchas otras áreas de vegetación natural (reservas forestales, bosques protectores de cauces, cortinas rompevientos, humedales y pastizales naturales) además de áreas dedicadas a la producción agropecuaria”, agregaron por su parte desde la organización ambientalista paraguaya.

Nuevas estrategias
Para WWF es urgente que los gobiernos enfoquen la atención en el fortalecimiento de la gestión de riesgos en áreas protegidas, lo que exige una mejor gestión de brigadas de bomberos forestales y unidades de soporte multidisciplinario, con prácticas en sistemas de respuesta ante desastres. También “prohibir la trasformación definitiva de las áreas afectadas por los incendios y actuar para la recuperación de estas zonas quemadas para retornar los valiosos servicios que prestan a la salud, a la producción y a las comunidades”. Además, para disminuir el riesgo de estos desastres es fundamental la generación y aplicación de políticas públicas que disminuyan las tasas de deforestación, hay más mecanismos de control eficientes para detectar delitos ambientales y se mejore la resiliencia de las comunidades al cambio climático.

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